Publicado por: Tiempo 21 | viernes 6 de febrero de 2026 | Publicado a las: 16:09
Durante días, Santiago fue un mapa del horror. No por una masacre, ni por un atentado, sino por algo más perturbador: un cuerpo desmembrado que iba apareciendo por partes, como si la ciudad estuviera devolviendo, una a una, las piezas de una vida que nunca importó del todo.
Hans Pozo Carrasco tenía 20 años cuando murió en junio de 2006. Era joven, pobre, homosexual, abandonado por el Estado desde la infancia. Y durante años, también ignorado por casi todos. Hasta que su cuerpo apareció. O mejor dicho, hasta que sus restos obligaron a Chile a mirar.
La primera bolsa fue encontrada el 4 de junio, cerca de una subestación eléctrica en Puente Alto. Luego vendrían otras: piernas, brazos, el torso. Cada hallazgo aumentaba la conmoción mediática, pero también el morbo. La pregunta que se repetía en noticiarios y matinales no era quién había sido Hans, sino quién había sido capaz de hacer algo así.
Durante varios días, Hans Pozo no fue una persona. Fue un caso policial. Un rompecabezas macabro. Un titular.
La policía logró identificarlo relativamente rápido. Pero su historia personal tardó más en emerger. Porque la historia de Hans no cabía bien en los discursos oficiales. No era estudiante ejemplar ni joven promesa. Era un niño criado en el SENAME, marcado por el abandono, la violencia, el consumo, la exclusión. Un hijo del sistema que el sistema prefirió olvidar.
Cuando finalmente se supo quién era, el país conoció fragmentos de su vida: hogares de menores, fugas, precariedad, discriminación. Hans había sido golpeado desde chico, abusado, empujado a los márgenes. Su historia no era excepcional: era tristemente común. Pero solo se volvió visible cuando terminó de la peor manera.
El autor del crimen fue identificado: Jorge Sánchez, un hombre con el que Hans mantenía una relación. El juicio reveló detalles brutales: asesinato, descuartizamiento, intento de ocultamiento. Hubo condena. Hubo una sentencia ejemplar en términos penales. Pero la justicia llegó tarde y solo a una parte del problema.
Porque el caso Hans Pozo no era solo un crimen pasional ni un acto de violencia extrema. Era también el resultado de una cadena larga de abandonos. Nadie protegió a Hans cuando era niño. Nadie lo sostuvo cuando fue adolescente. Nadie lo cuidó cuando quedó solo. Y cuando murió, el Estado solo apareció para investigar su cuerpo, no su vida.
La cobertura mediática fue feroz. Durante semanas, los noticieros repitieron imágenes, reconstrucciones, detalles escabrosos. El nombre de Hans Pozo se volvió sinónimo de horror, pero pocas veces de dignidad. Se habló más de cómo fue descuartizado que de por qué había vivido como vivió.
Organizaciones de derechos humanos y colectivos LGBTIQ+ levantaron la voz. Denunciaron el clasismo, la homofobia, el sensacionalismo. Dijeron algo incómodo: si Hans hubiera sido otro —de otra clase, de otro barrio— la historia habría sido distinta. Tal vez no en el crimen. Pero sí en la forma de contarlo, de llorarlo, de recordarlo.

Con el tiempo, el caso se fue apagando. Como pasa casi siempre. Quedó archivado en la memoria policial, citado en clases de criminología, recordado en reportajes de aniversario. Pero la pregunta de fondo sigue sin respuesta: ¿cuántos Hans Pozo existen hoy, viviendo en los márgenes, invisibles, desprotegidos?
Hans murió dos veces. La primera, cuando fue asesinado. La segunda, cuando fue reducido a un expediente, a una imagen borrosa, a un ejemplo extremo. Recuperar su historia no es justificar el crimen ni romantizar el dolor. Es negarse a que la violencia sea lo único que lo defina.
Porque Hans Pozo no fue solo un cuerpo descuartizado en bolsas negras. Fue un niño que nadie cuidó. Un joven al que nadie escuchó. Y una señal brutal de lo que pasa cuando un país llega siempre tarde.