Publicado por: Tiempo 21 | domingo 15 de febrero de 2026 | Publicado a las: 11:43
La madrugada del 20 de abril de 1992 no anunciaba nada extraordinario en el sector sur de Temuco. La Ruta 5 aún no era el eje intervenido por el moderno bypass y, a un costado del camino, el Motel Real ofrecía discreción a quienes cruzaban sus portones. Fue allí, en una de sus cabañas, donde el silencio terminó convertido en espanto.
El hallazgo lo hizo el personal del recinto. En el interior de la habitación, entre el baño y la cama, yacía el cuerpo de Gustavo Patricio Pinto, constructor civil de 44 años, conocido en el ambiente local. La escena no era la de un homicidio común. Era la de una violencia desatada, casi ritual. El informe forense hablaría después de más de 70 heridas cortopunzantes distribuidas en distintas partes del cuerpo. No fue un ataque rápido. Fue una agresión prolongada.
Los investigadores de la época —bajo el antiguo sistema procesal penal— se enfrentaron a una escena que parecía diseñada para confundir. Había signos de lucha. Había desorden. Faltaban algunas pertenencias, incluido el vehículo de la víctima. Pero nada terminaba de encajar en una hipótesis simple de robo. La saña excedía cualquier explicación pragmática.
Las primeras horas fueron decisivas. Se habló de una acompañante que habría ingresado con Pinto esa noche. Sin embargo, su identidad nunca se estableció públicamente con claridad. Ese vacío se transformó en el primer muro del caso. ¿Entró solo? ¿Fue citado? ¿Alguien más accedió después? Las versiones comenzaron a diluirse con el paso del tiempo.

En los días siguientes, la figura de Gustavo Pinto empezó a reconstruirse desde sus sombras. Más allá de su actividad profesional en la construcción, surgieron antecedentes de deudas importantes y dificultades financieras. Cercanos declararon que planeaba viajar a Paraguay para resolver asuntos económicos pendientes. La teoría de un ajuste de cuentas tomó fuerza. Pero, como tantas otras líneas investigativas, terminó sin pruebas concluyentes.
El expediente creció en volumen y frustración. Se realizaron pericias, interrogatorios a su círculo íntimo y diligencias que, en su momento, parecían prometedoras. Pero 1992 no era la era del ADN masivo ni de las tecnologías forenses avanzadas. Las herramientas eran limitadas y el paso del tiempo se transformó en el principal aliado del silencio.
Con los años, el caso fue perdiendo prioridad. No hubo formalizados, no hubo acusaciones, no hubo condenas. El “Caso Motel Real” quedó archivado en los estantes del antiguo sistema judicial, convertido en uno de esos expedientes que sobreviven más por su impacto simbólico que por avances concretos.
La ciudad también cambió. La construcción del Bypass de Temuco obligó a demoler el antiguo recinto. El Motel Real desapareció bajo el progreso vial. Donde alguna vez existió una habitación marcada por la violencia extrema, hoy solo queda cemento y tránsito constante. Miles de vehículos cruzan cada día sobre el lugar donde se gestó uno de los crímenes más brutales de la historia local reciente.
Treinta y cuatro años después, no hay responsables. No hay sentencia. No hay una verdad judicial. Solo preguntas que sobreviven en la memoria de antiguos detectives, en conversaciones a media voz y en archivos de prensa que cada cierto tiempo reabren la herida.
Gustavo Patricio Pinto entró esa noche a una cabaña del sur de Temuco. Nunca salió con vida. Y la justicia, hasta hoy, tampoco logró salir del laberinto que dejó su muerte.