Publicado por: Tiempo 21 | lunes 18 de mayo de 2026 | Publicado a las: 20:23
La Araucanía es la región con mayores índices de pobreza en Chile y, por lo mismo, no enfrenta las mismas condiciones que otras zonas del país. En ese contexto, resulta contradictorio aplicar un recorte presupuestario precisamente cuando más se requiere inversión pública y apoyo al desarrollo regional. El Gobierno parece confundir la austeridad fiscal con la verdadera justicia territorial.
Hay frases que, por reveladoras, deberían inscribirse en algún registro público de contradicciones oficiales. Una de ellas es que la pronunció esta semana el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, al defender los recortes presupuestarios para 2026, «A veces, con menos se hace más». Otra, frase anterior pero no menos sintomática, fue aquella del Presidente Kast cuando intentó relativizar una promesa de campaña transformándola primero en «metáfora» y luego en «hipérbole».
Ambas frases pertenecen a la misma familia intelectual, la que cree que los problemas reales se resuelven con ajustes retóricos. Y ambas adquieren su verdadero significado cuando se las confronta con un territorio concreto, La Araucanía.
Los números del proyecto de ley de presupuesto 2026 son fríos, pero hablan, y lo que dicen en La Araucanía es alarmante. La región que lidera la pobreza por ingresos del país —con un 28,6% de su población bajo esa línea, según la última Encuesta Casen 2024— podrían verse reducidas sus partidas principalmente en salud, con recortes en hospitales clave, pero también en educación, vivienda y cultura, esto podría reducir prestaciones, infraestructura y apoyo a los programas sociales, aumentando las brechas sociales de la región.
No se trata de un ajuste menor, es un recorte en áreas donde el Estado ya llegaba con cuentagotas. En comunas como Lumaco, Galvarino o Cholchol, un camión aljibe no es una excepción, es la regla. Una lista de espera de seis meses para una hora médica no es un dato administrativo, es la vida de una persona. Un joven que debe migrar a otra ciudad, no es una estadística migratoria, es una oportunidad que la región no pudo retener.
Frente a esto, el gobierno responde con la doctrina Quiroz, «con menos se hace más». Pero esa frase, que podría funcionar como eslogan de una consultora privada, se estrella contra la realidad cuando se tiene un hospital sin camas o una escuela sin calefacción. Con menos presupuesto no se hace más… con menos presupuesto se hacen menos horas de atención, menos kilómetros de camino, menos litros de agua en un estanque comunitario. Con menos se profundiza la brecha que separa a La Araucanía del resto del país.
El Presidente Kast construyó su campaña sobre promesas firmes, Orden, Seguridad, Desarrollo. En La Araucanía, esas palabras tenían un eco particular, una región golpeada por el conflicto mapuche, por el abandono histórico y por una pobreza estructural que ningún gobierno ha logrado remover. Pero una vez en La Moneda, las promesas comenzaron a cambiar de nombre. Primero fueron «metáforas», luego, «hipérboles». Ahora, con el presupuesto, se han convertido en «priorizaciones».
El problema no es semántico, es político, porque mientras el gobierno redefine sus compromisos, la gente de La Araucanía sigue esperando. Espera que llegue el camión aljibe, que se acorten las listas de espera, que un camino rural sea pavimentado, espera que un joven pueda estudiar sin tener que cruzar la región entera.
La paciencia, sin embargo, tiene un límite, y La Araucanía lleva décadas acumulando demoras.
El ministro Quiroz no es un improvisado, sabe de números, sabe de restricciones fiscales. Pero lo que parece no terminar de comprender es que la eficiencia no se mide solo por el equilibrio contable, sino por los resultados en el territorio. Un presupuesto puede ser virtuoso en el papel y devastador en la práctica si no considera las desigualdades de partida.
La Araucanía no parte en igualdad de condiciones con la Región Metropolitana. No tiene la misma base empresarial, ni la misma infraestructura, tampoco tiene los mismos ingresos per cápita. Por eso, un recorte lineal o mal justificado no es neutral, es regresivo, castiga más a quien ya tiene menos. Eso no es austeridad, es injusticia estructural con vestimenta técnica.
Lo que La Araucanía necesita no es un ajuste retórico ni una lección de administración, necesita un presupuesto que reconozca su condición de rezago histórico. Necesita inversión sostenida en salud, educación, conectividad, agua y seguridad rural. Además nesita que el gobierno deje de hablar de «metáforas» y empiece a hablar de recursos.
La Araucanía ya no aguanta más, no soporta más promesas que resultan ser hipérboles, como tampoco aguanta más recortes disfrazados de eficiencia, ni más funcionarios que creen que la pobreza es un caso pedagógico para demostrar que «con menos se puede hacer más».
El gobierno de Kast tiene aún tiempo para corregir el rumbo. Puede revisar las prioridades del presupuesto, destinando recursos extraordinarios a la región más postergada. Demostrando así que sus palabras de campaña no eran solo metáforas. Pero para eso necesita algo más que retórica, necesita voluntad política y sensibilidad territorial.