Publicado por: Claudio Nuñez | martes 13 de enero de 2026 | Publicado a las: 21:47
La reconstrucción del Mercado Municipal de Temuco volvió esta semana al centro de la conversación pública con una frase que pesa como pocas en la política regional: $39 mil millones. No es solo una cifra. Es una apuesta mayor, una señal de prioridades y, por lo mismo, una responsabilidad que no permite tropiezos ni relatos vacíos.
El gobernador René Saffirio dijo que el alcalde Roberto Neira solicitó formalmente el financiamiento total de la obra y que el Gobierno Regional decidió acoger esa petición, iniciando la ruta para que el proyecto llegue al Consejo Regional. El alcalde, por su parte, habló del mercado como el “alma” de la ciudad y aseguró que esta vez la licitación apunta a entregar el recinto “llave en mano”, con reconstrucción, equipamiento y habilitación, sin modificar el diseño para no volver a foja cero.
Las palabras son relevantes, pero el verdadero punto es otro: Temuco necesita que el mercado deje de ser una promesa eterna. Desde el incendio, el centro ha cargado con una herida abierta que es urbana, económica y emocional. La pérdida del mercado no solo afectó a locatarios y clientes: también impactó la vida del casco histórico, la dinámica comercial y la percepción de seguridad. El gobernador lo describió con crudeza: un centro que se apaga temprano, especialmente en invierno, y que ha visto deteriorarse su actividad. Esa imagen —con matices y debates— expresa una verdad: sin polos de atracción, el centro pierde pulso.
Por eso, el anuncio de hoy se entiende como una oportunidad real. Pero también como un riesgo. Porque cuando hablamos de recursos públicos de esa magnitud, el margen para improvisar es cero. Y porque el mercado ya conoce el fracaso: empresas que se fueron, procesos que se trabaron, años que se esfumaron entre papeles, disputas y desgaste.
Aquí hay que decirlo sin rodeos: lo que se juega no es solo un edificio, sino un estándar. Si el Gobierno Regional se convierte en el principal financista, como se plantea, entonces debe asumir también el deber de garantizar que el proyecto no naufrague en la misma historia. Saffirio prometió “fiscalización intensa” y eso es correcto, pero insuficiente si no se traduce en mecanismos verificables, periódicos y públicos. En obras de esta escala, la fiscalización no puede ser una frase; tiene que ser un sistema.
La ruta institucional —reevaluación en Mideso, recomendación social (RS), mensaje al CORE, comisión y pleno— es parte del camino obligatorio. Nadie debería saltarse esas etapas. Pero Temuco ya aprendió que el cumplimiento de trámites no equivale a cumplimiento de resultados. La ciudad no necesita otro calendario de buenas intenciones: necesita hitos concretos, plazos monitoreables y responsabilidades claras.
¿Qué significa que esta vez sea distinto? Significa, por ejemplo, que el cronograma no sea un afiche, sino un compromiso real, con metas trimestrales publicadas y verificables: si se habla de 35% en 2026, 50% en 2027 y 15% en 2028, entonces cada tramo debe traducirse en hitos medibles. Significa también que exista un panel de control abierto a la ciudadanía, con avances físicos, estados de pago, modificaciones, multas, incidentes, informes técnicos y actas relevantes; que se explique con honestidad la diferencia entre el “avance” que se menciona (51% versus 45–47%) y lo que realmente está ejecutado, valorizado y recuperable; que la promesa de una entrega “llave en mano” quede blindada en el contrato, incluyendo equipamiento, habilitación y estándares de funcionamiento, evitando sorpresas de última hora; y que el plan de gestión —que proyecta un mercado con horarios extendidos y vocación turística y cultural— no termine siendo un documento decorativo, porque un mercado puede tener una obra impecable y aun así fracasar si su operación no se diseña bien en materias como seguridad, logística, abastecimiento, aseo, convivencia, estacionamientos, carga y descarga, eventos y administración.
Hay además un aspecto que no se puede olvidar: el mercado no es solo infraestructura; es comunidad. Los locatarios han cargado con años de incertidumbre y desgaste. Se informó que han sido parte de conversaciones y decisiones, y eso debe sostenerse: participación real, no simbólica. La ciudad necesita un mercado que funcione para quienes viven de él, para quienes lo visitan y para el ecosistema comercial que lo rodea.
Y aquí entra el Consejo Regional. El CORE tiene el derecho y el deber de revisar, cuestionar y pedir garantías. No es un trámite, es el resguardo institucional del interés público. Pero también tiene una responsabilidad política ante la región: si el mercado es un proyecto estratégico —como se afirmó hoy— entonces la discusión debe estar a la altura, lejos del oportunismo y cerca del rigor. Aprobar por reflejo sería un error; bloquear por cálculo también.
Temuco está cerca de un hito simbólico: los 150 años. Sería valioso llegar a esa fecha con un mercado vivo, abierto, seguro y atractivo, no como monumento, sino como motor. Pero incluso esa meta debe entenderse con madurez: la urgencia no puede transformarse en desorden. Lo que se necesita es velocidad con control, decisión con transparencia, ambición con técnica.
Hoy se abrió una puerta. La ciudad ha esperado demasiado para que vuelva a cerrarse. Si el Gobierno Regional y el municipio de Temuco han decidido ir con todo, entonces también deben aceptar lo obvio: la ciudadanía tiene derecho a mirar cada paso. Porque el mercado es del centro, sí, pero también es de la región. Y porque con 39 mil millones —con plata de todos— no se juega.