Publicado por: Claudio Nuñez | jueves 8 de enero de 2026 | Publicado a las: 09:33
Hay una verdad que no podemos seguir tratando como nota al pie: la brecha de género. La desocupación femenina está en 9,3% y la masculina en 7,6%. Más aún, el indicador de subutilización (SU3), que captura no sólo desempleo sino también fuerza de trabajo “potencial”, llega a 26,0% en mujeres versus 16,8% en hombres. En otras palabras, aunque mejore el promedio regional, la Araucanía todavía funciona con un motor laboral donde a las mujeres les cuesta más entrar, mantenerse y prosperar
La Araucanía recibió, al fin, una noticia que suena a respiro: el desempleo bajó con fuerza y la tasa de desocupación se ubicó en 8,3% en el trimestre septiembre–noviembre de 2025, con una caída anual de 1,9 puntos. A eso se suma un dato relevante: las personas desocupadas disminuyeron 17,6% y el número de ocupados creció 3,1%. En un territorio históricamente castigado por la precariedad laboral, el informe del INE permite una lectura optimista. Pero también obliga a una pregunta incómoda: ¿estamos ante un cambio estructural o ante un buen trimestre empujado por sectores puntuales y condiciones transitorias?
Porque cuando uno abre el detalle, el “buen número” se vuelve más complejo. La mejora está asociada, en parte, a que el empleo creció más que la fuerza de trabajo: mientras ésta subió 1,0%, los ocupados aumentaron 3,1%. Es decir, hay más gente trabajando, sí, pero también hay movimientos en los márgenes: la población fuera de la fuerza de trabajo aumentó (0,4%) y creció el grupo de inactivos habituales. Ese dato no arruina el avance, pero lo matiza: una región con empleos frágiles suele mostrar señales de retiro silencioso del mercado laboral, especialmente cuando buscar pega se vuelve un desgaste.
También hay una verdad que no podemos seguir tratando como nota al pie: la brecha de género. La desocupación femenina está en 9,3% y la masculina en 7,6%. Más aún, el indicador de subutilización (SU3), que captura no sólo desempleo sino también fuerza de trabajo “potencial”, llega a 26,0% en mujeres versus 16,8% en hombres. En otras palabras, aunque mejore el promedio regional, la Araucanía todavía funciona con un motor laboral donde a las mujeres les cuesta más entrar, mantenerse y prosperar. Y eso no es un “problema de mujeres”: es un freno directo al crecimiento, al ingreso familiar y a la cohesión social.
El informe muestra, además, hacia dónde se movió el empleo: construcción (16,4%), agricultura y pesca (10,5%) y enseñanza (13,1%). Son sectores que, en una región como la nuestra, pueden empujar rápido el indicador, pero que también son sensibles: la construcción depende de inversión y continuidad de obras; agricultura y pesca suelen estar atravesadas por estacionalidad, clima y precios; y enseñanza muchas veces se explica por ciclos de contratación y gasto público. No es que sean malos motores —al contrario, son indispensables—, pero sí nos recuerdan que la pregunta no es sólo “cuánto bajó el desempleo”, sino qué tipo de empleo se creó y cuánto dura.
En ese punto, aparece el termómetro que siempre delata la salud real del mercado laboral regional: la informalidad. La tasa de ocupación informal bajó a 36,1%, un retroceso de 2,3 puntos en un año. Es una buena señal: menos informalidad significa más protección, mejores cotizaciones y más estabilidad. Sin embargo, el detalle vuelve a incomodar: la informalidad cae por mujeres (-7,4%), pero sube levemente en hombres (0,5%). Si la mejora viene porque ellas logran formalizarse, perfecto; pero si parte del ajuste también ocurre porque algunas mujeres salen del empleo informal y quedan fuera de la fuerza laboral, el mérito se vuelve frágil. La región necesita que el trabajo formal no sea una rareza, sino la norma.
Por eso, esta editorial no puede quedarse en el aplauso fácil ni en el pesimismo automático. Hay avances reales y merecen reconocimiento. Pero si queremos que el 8,3% sea el inicio de una tendencia y no un espejismo, hay tres tareas urgentes.
Primero, consolidar inversión y continuidad: la construcción empuja empleo cuando hay obra sostenida, no cuando hay anuncios. Aquí el desafío es destrabar permisos, acelerar ejecución pública y facilitar encadenamientos con proveedores locales, para que el empleo no sea “de pasada” sino un circuito económico permanente.
Segundo, productividad y formalización, especialmente en cuenta propia. Que suba el empleo por cuenta propia (13,4%) puede ser independencia… o supervivencia. Sin acceso a financiamiento, capacitación, digitalización y compras públicas que integren a pequeños servicios y productores, la cuenta propia termina siendo informalidad con otro nombre.
Tercero, políticas laborales con enfoque territorial y de género: sala cuna y cuidados, transporte, capacitación ligada a demanda real y alianzas con empresas para contratación femenina en sectores tradicionalmente masculinizados. Reducir la brecha de género no es un gesto: es una estrategia económica.
La Araucanía puede celebrar este dato, sí. Pero debe celebrarlo con la seriedad de quien entiende que una cifra es apenas una foto. Lo importante es la película: empleos estables, formales, con mejores salarios y con oportunidades reales para hombres y mujeres. El 8,3% es una señal; ahora falta que la región —y el Estado— conviertan esa señal en rumbo.