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Efecto Rosenhan: El día en que la psiquiatría perdió el control de la cordura

Publicado por: Tiempo 21 | miércoles 28 de enero de 2026 | Publicado a las: 10:20

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Un experimento que logró internar a personas sanas, diagnósticos que no supieron rectificarse y una verdad incómoda que aún divide a la ciencia: el caso Rosenhan sigue obligando a preguntarnos quién decide qué es estar loco.

Entraron caminando, hablaron con calma y no mostraron señales evidentes de descompensación. No gritaban, no eran violentos, no estaban fuera de la realidad. Aun así, ninguno volvió a salir cuando quiso. Bastó una frase —“escucho una voz”— para que la maquinaria de la psiquiatría se pusiera en marcha y cerrara las puertas tras ellos.

Entre 1969 y 1972, el psicólogo estadounidense David Rosenhan llevó adelante uno de los experimentos más perturbadores en la historia de la salud mental. Junto a otros siete voluntarios, todos sanos, se presentó en hospitales psiquiátricos de Estados Unidos utilizando identidades falsas. Reportaron escuchar palabras simples y sin carga emocional: “golpe”, “vacío”, “hueco”. No fingieron más síntomas. No fue necesario.

El resultado fue contundente. Todos fueron internados. Siete recibieron diagnóstico de esquizofrenia. Una vez dentro, actuaron con total normalidad, conversaron, tomaron notas, cooperaron con el personal. Nada cambió. El sistema ya había decidido. Rosenhan permaneció 52 días hospitalizado. Otros, semanas. Ninguno fue declarado cuerdo al ser dado de alta.

En 1973, el estudio fue publicado en Science bajo el título “Sobre estar cuerdo en sitios de locos”. La reacción fue inmediata y feroz. Rosenhan no solo cuestionó la capacidad de la psiquiatría para diagnosticar, sino algo aún más grave: la imposibilidad de corregir el error. Una vez etiquetado como enfermo mental, cualquier conducta pasaba a ser interpretada como parte de la patología. La cordura dejaba de ser visible.

El artículo no cayó en saco roto. Desató una crisis profunda en la disciplina. Se multiplicaron las críticas a los hospitales psiquiátricos, se cerraron instituciones, se reescribieron manuales y se empujó una reforma histórica que dio origen al DSM-III, un intento por estandarizar diagnósticos y reducir la arbitrariedad clínica. Rosenhan se convirtió en una celebridad académica. Su experimento pasó a enseñarse como una verdad incuestionable.

Pero la historia, como tantas veces, tenía otra capa.

Décadas más tarde, la periodista Susannah Cahalan decidió revisar el experimento desde sus cimientos. No lo hizo desde la academia, sino desde la experiencia personal: ella misma había sido diagnosticada erróneamente con esquizofrenia cuando en realidad padecía una rara enfermedad autoinmune. La psiquiatría la había confundido. Como a Rosenhan. O eso parecía.

Susannah Cahalan

Cahalan buscó a los famosos “pseudopacientes”. No los encontró. Contrató detectives, revisó archivos, persiguió nombres que parecían fantasmas. Solo logró dar con uno. Luego descubrió algo más inquietante: un noveno voluntario había sido excluido del estudio final porque su experiencia fue positiva. Para él, el hospital no fue un infierno, sino un espacio de contención que cambió su vida.

Más grave aún fue lo que revelaron los registros médicos. Rosenhan no solo había reportado escuchar voces. Según el psiquiatra que lo internó, también afirmó tener ideas suicidas y creer que podía oír los pensamientos de otras personas. Información clave que no apareció en el artículo original. Con esos datos, la internación ya no parecía un error grotesco, sino una decisión médica razonable.

The Great Pretender («El gran farsante»), el libro de Susannah Cahalan donde revela sus estudios y las inconsistencias en el relato de Rosenhan.

La pregunta entonces cambió de forma: ¿el experimento probó la incapacidad de la psiquiatría o fue una construcción diseñada para demostrar una tesis previa? ¿Denuncia valiente o relato incompleto? ¿Crítica necesaria o manipulación académica?

La respuesta no es cómoda. Porque incluso si Rosenhan exageró o mintió, su experimento tocó una verdad real: la fragilidad del diagnóstico psiquiátrico, el poder desmedido de la etiqueta clínica y el riesgo de un sistema que, una vez que clasifica, deja de escuchar.

Hoy, medio siglo después, el debate sigue abierto. La psiquiatría ha avanzado, pero no ha resuelto su dilema central: distinguir con claridad entre enfermedad y diferencia, entre cuidado y control. Rosenhan quizás no fue completamente honesto, pero tampoco estaba completamente equivocado.

La pregunta persiste, incómoda y necesaria: si mañana alguien dice que escucha una voz, ¿estamos preparados para escucharlo… o solo para encerrarlo?

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