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Argentina y el vuelto del pan: malos ganadores, peores perdedores

Publicado por: Claudio Nuñez | lunes 20 de julio de 2026 | Publicado a las: 17:24

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La Albiceleste llegó a la final sostenida más por la jerarquía de sus figuras que por una idea colectiva convincente. Scaloni terminó cayendo en una trampa conocida para Chile: confiar demasiado tiempo en los mismos nombres, retrasar el recambio y pensar que la memoria del éxito podía reemplazar al funcionamiento. España no perdonó.

Claudio Núñez Q.

Argentina llegó a la final con el vuelto del pan.

No con una idea de juego sólida. No con una evolución evidente respecto del equipo que levantó la Copa del Mundo en 2022. Tampoco con aquella sensación de control que transmitía la selección de Lionel Scaloni cuando parecía saber exactamente qué hacer en cada momento de un partido.

Llegó con lo que quedaba.

Con la jerarquía de sus nombres. Con la experiencia acumulada. Con Lionel Messi todavía capaz de inventar algo donde aparentemente no existe nada. Con Emiliano Martínez como garantía emocional y deportiva si el partido llegaba a los penales. Y, sobre todo, con la memoria de un equipo que alguna vez funcionó extraordinariamente bien.

Pero el fútbol tiene una regla cruel: el recuerdo del éxito no juega los partidos.

España se encargó de recordárselo.

La selección española fue construyendo su campeonato de menos a más. Puede discutirse su recorrido, sus momentos de debilidad e incluso aquel partido ante Inglaterra donde estuvo cerca de perder el control de una situación favorable. Inglaterra no supo administrar su ventaja, el factor Thomas Tuchel también pesó y aquella historia ya quedó atrás.

Pero España llegó a la final siendo un equipo.

Argentina llegó siendo una colección de certezas antiguas.

Y ahí estuvo la diferencia.

El pecado de enamorarse de una fórmula

Scaloni tiene méritos que nadie puede quitarle.

Tomó una selección golpeada, reconstruyó el vínculo con su gente, encontró una estructura competitiva, rodeó correctamente a Messi y terminó ganando todo aquello que durante años parecía imposible: Copa América, Finalissima y Mundial.

El problema aparece cuando una fórmula exitosa deja de ser una solución y comienza a transformarse en una prisión.

Argentina siguió confiando demasiado en los mismos nombres, en las mismas sociedades y en mecanismos que alguna vez fueron extraordinariamente efectivos, pero que inevitablemente iban a perder frescura.

El recambio existió, pero nunca terminó de convertirse en una verdadera renovación estructural. Porque renovar no significa simplemente llevar jugadores más jóvenes. Renovar significa modificar jerarquías. Cambiar responsabilidades.

Aceptar que algunos futbolistas que fueron fundamentales deben comenzar a ocupar otro lugar. Construir nuevas sociedades antes de que las antiguas dejen de funcionar. Y, sobre todo, preparar al equipo para una realidad inevitable: algún día Messi ya no podrá resolver aquello que el funcionamiento colectivo no resuelva.

Argentina pareció postergar demasiado esa conversación. Cuando el partido se complicaba, la solución seguía siendo demasiado conocida: que Messi encontrara algo. Una conducción. Un pase imposible. Una pelota detenida. Una genialidad.

O, en última instancia, sobrevivir hasta los penales confiando en el enorme peso psicológico que significa tener al Dibu Martínez bajo los tres palos. Pero una selección campeona del mundo no puede vivir eternamente esperando que sus héroes vuelvan a salvarla.

España jugó y, además, no dejó jugar

La final fue especialmente reveladora por una razón. Argentina prácticamente nunca consiguió sentirse cómoda. España no solamente intentó imponer su fútbol: impidió que Argentina desarrollara el suyo. Le cerró espacios. Controló los ritmos. Redujo las posibilidades de transición. Obligó a la Albiceleste a retroceder. La empujó hacia un partido donde la principal esperanza parecía ser una contra, alguna acción individual de Messi o estirar la definición hasta los penales. Eso dice mucho.

Porque Argentina, siendo Argentina, terminó jugando la final esperando que ocurriera algo. España salió a provocarlo. Una selección proponía. La otra resistía. Y cuando esa diferencia se mantiene durante demasiado tiempo, normalmente aparece la factura. España terminó cobrándola.

Una historia que en Chile conocemos demasiado bien

Y aquí aparece una comparación incómoda. Chile. La Generación Dorada alcanzó su punto máximo en 2015 y 2016. Ganó dos Copas América consecutivas con una generación extraordinaria: Claudio Bravo, Gary Medel, Arturo Vidal, Charles Aránguiz, Marcelo Díaz, Alexis Sánchez, Eduardo Vargas y compañía.

Durante algunos años pensamos que aquella fórmula podía durar eternamente. No duró. Porque ninguna generación dura eternamente. Chile cometió el error de aferrarse demasiado tiempo a sus figuras históricas sin construir un recambio suficientemente competitivo detrás.

Los mismos futbolistas siguieron soportando responsabilidades cada vez mayores. Las nuevas generaciones nunca recibieron realmente las llaves del equipo. Y cuando los históricos comenzaron inevitablemente a perder velocidad, continuidad o influencia, descubrimos algo demasiado tarde: habíamos preparado reemplazantes, pero no sucesores.

Argentina corre el riesgo de haber cometido una versión más sofisticada del mismo error. Por supuesto que existen diferencias enormes. Argentina tiene una cantera incomparablemente mayor. Tiene futbolistas repartidos por las principales ligas europeas. Tiene talento suficiente para reconstruirse mucho más rápido que Chile.

Comparar ambos procesos literalmente sería absurdo. Pero el mecanismo psicológico es parecido. Cuando ganas, cuesta cambiar. ¿Por qué tocar aquello que funciona? ¿Por qué sacar a quienes fueron campeones? ¿Por qué modificar sociedades que entregaron títulos? Porque el tiempo no negocia.

Esa es la respuesta.

Y sobre 2022 hay una conversación incómoda

También existe otro aspecto que muchos prefieren evitar. Argentina fue un legítimo campeón mundial en 2022 porque ganó los partidos que debía ganar y tuvo momentos de enorme fútbol. Pero aquello no significa que todo su recorrido haya estado libre de controversias. Hubo decisiones arbitrales ampliamente discutidas durante el torneo, especialmente en relación con algunos penales concedidos y determinados criterios arbitrales que generaron cuestionamientos internacionales.

Decir esto no significa afirmar que Argentina “compró” un Mundial ni desconocer sus méritos deportivos. Eso sería irresponsable. Pero tampoco corresponde transformar aquella campaña en una historia perfectamente limpia donde absolutamente todas las decisiones fueron incuestionables.

El fútbol permite dos ideas simultáneas: Argentina pudo ser un gran campeón. Y también pudo beneficiarse de decisiones arbitrales discutibles. Una cosa no elimina necesariamente la otra.

Quizás precisamente por eso el Mundial de 2022 terminó construyendo una sensación de invulnerabilidad demasiado grande alrededor del ciclo Scaloni.

Ganaron. Y cuando ganas, todo parece correcto. Las decisiones. Los jugadores. Las jerarquías. La estructura. Hasta que dejan de ganar. Ahí aparecen las preguntas que el resultado positivo había escondido.

El vuelto del pan

Argentina llegó lejos porque tiene talento. Porque tiene oficio. Porque sabe competir. Porque incluso jugando mal posee futbolistas capaces de decidir un partido. Eso es el vuelto del pan.

Es aquello que todavía queda después de haber gastado gran parte del capital futbolístico original. Un poco de Messi. Un poco de experiencia. Un poco de memoria competitiva. Un poco de Dibu. Un poco de aquella selección campeona. Con eso alcanzó para sobrevivir. Para avanzar. Para llegar. Pero no alcanzó para ganar. Porque enfrente apareció España. Un equipo que no necesitó recordar cómo había jugado cuatro años atrás. Jugó como sabe jugar ahora. Y cuando una selección vive del presente enfrenta a otra demasiado dependiente de su pasado, normalmente ocurre lo inevitable.

Llega la cuenta.

Argentina quiso pagarla con el vuelto del pan.

España no aceptó.

Y le pasó la factura completa.

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