Publicado por: Claudio Nuñez | sábado 9 de mayo de 2026 | Publicado a las: 19:35
La región puede reducir el desempleo y, al mismo tiempo, mantener un mercado laboral frágil. Puede haber más ocupados, pero no necesariamente mejores empleos. Puede haber una cifra general favorable, pero una realidad cotidiana marcada por ingresos bajos, informalidad, trabajos temporales y una alta dependencia de actividades económicas vulnerables a los ciclos productivos.
La disminución de la tasa de desocupación en La Araucanía durante el trimestre enero-marzo de 2026 es, sin duda, una señal positiva. Que el desempleo regional haya llegado a 7,8%, con una baja de 1,4 puntos porcentuales en doce meses, permite mirar el escenario laboral con algo más de alivio que hace un año. Más personas ocupadas, una reducción de quienes buscan trabajo sin encontrarlo y un aumento del empleo femenino son elementos que no deben minimizarse.
Sin embargo, sería un error quedarse únicamente con el dato principal. Porque detrás de la baja del desempleo aparecen cifras que obligan a mirar con mayor profundidad la realidad laboral de la región. La Araucanía no solo necesita más empleo; necesita mejor empleo, más formalidad, mayor estabilidad y oportunidades que no dependan únicamente de sectores que, muchas veces, reproducen condiciones precarias o estacionales.
El informe del Instituto Nacional de Estadísticas muestra que el aumento de las personas ocupadas fue de 1,8% en doce meses, superando el leve crecimiento de la fuerza de trabajo, que llegó a 0,3%. En términos simples, más personas encontraron ocupación y eso ayudó a reducir la tasa de desocupación. La caída de las personas desocupadas, que bajaron 15,2%, confirma esa mejora.
Pero el mismo informe muestra que la tasa de ocupación informal llegó a 36,5%, con un alza de 0,7 puntos porcentuales en un año. Esto significa que más de un tercio de quienes trabajan en La Araucanía lo hacen en condiciones informales. Es decir, muchas personas pueden aparecer estadísticamente como ocupadas, pero no necesariamente cuentan con contrato, protección social, cotizaciones, estabilidad o ingresos suficientes para sostener una vida familiar con tranquilidad.
Ese es el punto de fondo. La región puede reducir el desempleo y, al mismo tiempo, mantener un mercado laboral frágil. Puede haber más ocupados, pero no necesariamente mejores empleos. Puede haber una cifra general favorable, pero una realidad cotidiana marcada por ingresos bajos, informalidad, trabajos temporales y una alta dependencia de actividades económicas vulnerables a los ciclos productivos.
También preocupa la brecha de género. La tasa de desocupación femenina se ubicó en 8,0%, mientras que la masculina llegó a 7,6%. Aunque en las mujeres hubo una disminución importante de 2,5 puntos porcentuales en doce meses, los indicadores de subutilización laboral siguen mostrando una desigualdad estructural. La tasa combinada de desocupación y fuerza de trabajo potencial alcanzó 24,7% en mujeres, frente a 17,5% en hombres. Esa diferencia revela que muchas mujeres no solo enfrentan más dificultades para conseguir empleo, sino también para incorporarse plenamente al mercado laboral.
En una región como La Araucanía, donde las brechas sociales, territoriales y económicas siguen siendo profundas, estos datos no pueden ser leídos con triunfalismo. El empleo no es solo una estadística. Es la posibilidad de pagar cuentas, sostener un hogar, proyectar una vida y acceder a derechos básicos. Por eso, cuando más de un tercio de los ocupados trabaja en la informalidad, la pregunta no debe ser únicamente cuántos empleos se están creando, sino qué tipo de empleos se están generando.
Los sectores que más contribuyeron al aumento de la ocupación fueron actividades de salud, enseñanza, agricultura y pesca. Aquello permite observar una dinámica relevante: parte importante del empleo regional sigue dependiendo de áreas sensibles, muchas de ellas vinculadas al Estado, a servicios esenciales o a actividades productivas tradicionales. Por lo mismo, cualquier discusión presupuestaria, inversión pública o política de desarrollo tiene un efecto directo sobre el empleo local.
La Araucanía necesita una estrategia laboral que vaya más allá de celebrar bajas puntuales en la desocupación. Se requiere fortalecer la formalización, apoyar a las pequeñas y medianas empresas, mejorar la capacitación laboral, impulsar inversión productiva y generar condiciones para que mujeres, jóvenes y trabajadores rurales puedan acceder a empleos de calidad.
La baja del desempleo es una buena noticia, pero no puede convertirse en una excusa para cerrar el debate. Al contrario, debe ser el punto de partida para mirar con mayor seriedad las debilidades del mercado laboral regional. Porque una región no se desarrolla solo cuando más personas trabajan, sino cuando ese trabajo permite vivir con dignidad.
La Araucanía muestra una mejora, sí. Pero aún arrastra un problema de fondo: demasiados trabajadores siguen empleados en condiciones débiles, informales o insuficientes. Y mientras eso no cambie, cualquier avance en la tasa de desocupación será importante, pero incompleto.