Sobre Chile, el mundo, el arte, el patrimonio, la innovación y tortazos

Claudio Nuñez

“Tanto el ocio como el aburrimiento pueden ser una de las mayores fuentes de creatividad. Y por ahí dicen que disponer de tanto tiempo libre, permite que el cerebro funcione como una cosecha de ideas de las que pueden surgir desde obras de arte, hasta nuevos inventos”.

Escribe: Melissa Jeldes, consultora en innovación, emprendimiento y sustentabilidad, directora de Glocal.

Sepan perdonar quienes se darán cuenta que esta columna probablemente no contará con un abordaje de conceptos a la altura de las conversaciones de círculos artísticos, pero por ahí escuché que alguien dijo que en esta conversación se necesitaba integrar la visión de todos los sectores. Esta es una mirada desde la innovación, desde un sector que pretende dar nuevas soluciones a los grandes desafíos sociales, económicos y medioambientales con alcance local y global, y que para lograrlo requiere necesariamente integrar a las industrias culturales y trabajar de la mano con la creatividad de los artistas.

Recientemente, se celebró el Día de los Patrimonios en nuestro país y mientras muchos disfrutaban de todas las actividades gratuitas y abiertas al público a nivel nacional, ese mismo día la noticia que dio vuelta al mundo fue que a 11 mil kilómetros nuestros, un visitante del Museo del Louvre le lanzó un tortazo a la Monna Lisa para luego gritar “Hay gente que está destruyendo la tierra. Todos los artistas piensen en la tierra”.

Para seguir con coincidencias temporales, ese mismo fin de semana en el sur de nuestro país creadores, artistas, científicos y pensadores de distintas áreas, participamos en un conversatorio para unir tecnología, arte y territorio en el marco de un festival sobre conservación natural; y, más allá de lo que los “expertos” digan al respecto, una conclusión válida es que hay un contexto que nos exige abordar todo orden de cosas desde un trabajo multidisciplinario y colaborativo que integre a la ciudadanía y su contexto. Y el problema más grande que necesitamos resolver pareciera no ser ese, sino cómo sacamos esa declaración -ya obvia para tantos- de nuestros discursos y la llevamos de manera efectiva a la práctica.

Porque más allá de lo que podamos pensar sobre el encremado rostro de la Gioconda, creo que hay un solo deseo detrás de ese simbólico tortazo: todos desde nuestras propias realidades queremos vivir mejor. Pero para vivir mejor primero tenemos que vivir y para hacerlo, como dijo Maturana, nos necesitamos sí o sí los unos a los otros. Una de las reflexiones más apremiantes durante el encuentro sostenido en el sur, fue sobre si el arte tenía que estar al servicio de algo u otro. Escuchamos reflexiones sobre la necesidad de los espacios de ocio, sobre el arte de la contemplación y de la importancia de dejar el acto egoico de intentar cambiar la realidad, abriendo la posibilidad solo al disfrute y descansar en una obra.

Entonces, ¿cuál es la necesidad del arte en estos momentos? ¿Tiene que realmente existir al servicio de alguien o alguna causa? ¿Deberían cumplir un rol frente a los grandes problemas que hoy vivimos en la humanidad? ¿Tienen un papel que cumplir en las conversaciones sobre el desarrollo sustentable? ¿Sobre la descentralización, por ejemplo? ¿Sobre la equidad? ¿Deberían todos los artistas pensar en la tierra? ¿Podríamos recurrir a ellos para que no la destruyan? Desde la mirada de quienes nos dedicamos a la búsqueda incansable de soluciones a problemáticas locales y globales, vemos en la creatividad un potencial para generar acciones de impacto positivo. Sin embargo, no es perentorio cumplir ese rol, desde muchos lugares, cada día cuesta más entender la “necesidad de hacer nada” en un mundo como el de hoy.

Tanto el ocio como el aburrimiento pueden ser una de las mayores fuentes de creatividad. Y por ahí dicen que disponer de tanto tiempo libre, permite que el cerebro funcione como una cosecha de ideas de las que pueden surgir desde obras de arte, hasta nuevos inventos.

Si queremos vivir, y vivir mejor, necesitamos de la creatividad. Y el arte en todas sus formas nos acerca también a ella. Desde la innovación podemos convocar y hacer esquemas de soluciones a grandes o pequeños problemas de la humanidad. Pero es el sector creativo el que prende la mecha, el arte toca las emociones y nos sensibiliza; la cultura nos da arraigo y sentido de pertenencia; mientras que la tecnología nos permite llegar cada vez más allá del ingenio y crear nuevas realidades.

La vida de Los Supersónicos ya parece estar aquí. El arte de narrar una historia, dibujarla y transformarla en animación, inspiró una realidad que está cercana, pero con baches de autodestrucción. El tortazo parece que llegó para prender nuevamente la mecha -la creatividad al servicio de innovar- ahora cada uno es libre de quedarse en la contemplación, inventar un paso de baile, una máquina o bien ponerse a limpiar.

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