Publicado por: Claudio Nuñez | sábado 1 de agosto de 2026 | Publicado a las: 21:54
Jacquelin Hormazábal, académica de Psicología de la Universidad Andrés Bello, explica que el uso excesivo del teléfono móvil comparte características con las conductas adictivas y advierte sobre la importancia de establecer hábitos saludables y límites tempranos para proteger la salud mental.
El uso del teléfono celular se ha convertido en una práctica cotidiana para millones de personas. Sin embargo, cuando revisar el dispositivo pasa a ser la primera acción del día o interfiere con la vida diaria, puede dar cuenta de un patrón de comportamiento que merece atención desde la salud mental.
Así lo plantea Jacquelin Hormazábal, psicóloga y académica de la Universidad Andrés Bello, quien explica que detrás de este comportamiento opera un mecanismo de aprendizaje reforzado. «Cuando las personas lo primero que hacen al despertar es tomar el teléfono, lo que está operando es un hábito fuertemente reforzado: hay una asociación directa entre despertar, chequear y micro recompensas sociales y/o informativas», señala.
Si bien aclara que actualmente el uso problemático del celular no está reconocido como un trastorno adictivo en los principales manuales diagnósticos, sostiene que sí existen conductas que comparten características con otras adicciones.
«Se habla de uso problemático, porque comparte rasgos de adicción como la pérdida de control, interferencia en la vida diaria y su uso pese a consecuencias negativas», explica.
El cerebro y el sistema de recompensa
La académica indica que parte del atractivo del teléfono móvil se relaciona con la activación del sistema de recompensa del cerebro. Notificaciones, «likes», mensajes o novedades en redes sociales estimulan la liberación de dopamina, neurotransmisor que fortalece la conducta de revisar constantemente el dispositivo.
Hormazábal explica que este fenómeno resulta especialmente relevante durante la adolescencia y la adultez temprana, etapas en las que el cerebro aún se encuentra en desarrollo.
«En adolescentes y adultos jóvenes, la sensibilidad a recompensas sociales y la hiperreactividad del estriado ventral, junto con un córtex prefrontal aún en maduración, vuelven más probable el uso impulsivo y problemático del celular que en adultos con mayor control ejecutivo», afirma.
Cambiar hábitos también modifica la relación con el celular
La investigadora sostiene que la evidencia científica muestra que reducir el uso excesivo del teléfono puede generar cambios positivos tanto a nivel cerebral como psicológico. Estudios con resonancia magnética funcional han observado modificaciones en áreas relacionadas con la recompensa y el control de impulsos luego de períodos breves de disminución en el uso del dispositivo.
«En términos psicológicos, esto se traduce en más espacio para el propio pensamiento, menos reactividad a las notificaciones y una mayor tolerancia a estar desconectado, si es que se mantiene el cambio de hábitos», destaca.
Para favorecer este proceso, la académica recomienda intervenir en las rutinas diarias mediante acciones concretas, como dejar el celular fuera de la habitación durante la noche o reemplazar la revisión inmediata del teléfono al despertar por actividades como estiramientos, ejercicios de respiración, la lectura de un libro o el uso de una agenda en papel.
Desde esta perspectiva, Hormazábal enfatiza que el desafío no pasa por eliminar la tecnología de la vida cotidiana, sino por desarrollar un uso consciente que evite que el teléfono se convierta en un regulador emocional y permita preservar el bienestar psicológico, especialmente entre niños, adolescentes y adultos jóvenes.