Para un lector constituyente

Claudio Nuñez

“Cuando leemos un texto escrito, cultivamos y desarrollamos esa anticipación existente. No se enseña a leer a un niño o a una niña: es ella misma quien primero se enseña a leer. Lo prioritario no son las palabras en sí mismas, sino quien lee y para qué lee. Tocar esa sensibilidad es la base para aprender a leer. Esto debería saberlo un profesor de Castellano como Cristián Warnken”.

Escribe: Jaime Valdés Cifuentes, experto en educación.

Se ha discutido si gente común y corriente está capacitada para leer el texto de la Constitución Política que se propone al país. Y, según ello, tomar posición para aprobar o rechazar el próximo 4 de septiembre. Ya este intento de “vulgarizar” al lector, atribuyendo una supuesta inhabilidad lectora, se orienta a restar legitimidad a la ciudadanía votante. Encierra una pretensión de una élite “ilustrada” de traducir lo escrito a un pueblo con «bajo nivel lector”. Veamos cómo este sesgo omite fenómenos importantes al abordar la lectura de un texto.

Compartimos la experiencia de que leer es parte de vivir. Su ejercicio va desde leer el nombre de una calle, el contenido de un mensaje hasta estudiar un libro. En perspectiva amplia, hacemos también una lectura de nuestra intimidad y de lo público, de imágenes y medios, de la sociedad misma, como con-textos que pueden leerse. Aunque leer el sentido (ver) y descifrar las palabras son dos actividades distintas, ambos espacios pueden cruzarse. Ya antes de leer, como acto de descifrar un texto, estamos situados “leyendo” y viendo significados en nuestras vidas, vivencias, sueños, expectativas, desesperanzas, miedos, intereses o interpretaciones.

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Leer un texto tiene que ver con atribuir un sentido y dar coherencias a nuestras narrativas y valores, que son sociales e históricos. Lo que existe previamente en nosotros es una memoria cultural, derivada de la tradición oral. Sea niño, niña, adulto común o persona de ciencia, cada lectura ya está dispuesta desde un trasfondo de escucha y transmisión comunicada de generación en generación. Cuando leemos un texto escrito, cultivamos y desarrollamos esa anticipación existente. No se enseña a leer a un niño o a una niña: es ella misma quien primero se enseña a leer. Lo prioritario no son las palabras en sí mismas, sino quien lee y para qué lee. Tocar esa sensibilidad es la base para aprender a leer. Esto debería saberlo un profesor de Castellano como Cristián Warnken.

Antes se podía leer el Catecismo pero no construir uno propio, o se podía recibir una Constitución otorgada por notables desde sus palacios. El pueblo, como receptáculo de contenidos, debía contentarse sólo con oír, leer y reproducir pasivamente los modelos culturales diversos de un orden impuesto, elaborados por una élite de poder, intelectuales o manipuladores del lenguaje, enclaustrados en sus especialidades (o actualmente en las encuestas). Se dejaba de lado la participación y no se consideraba la creatividad histórica de la gente. Incluso en la práctica democrática, lectores y lectoras a nivel masivo estaban excluidos de la construcción de un texto constitucional. Con suerte podían votarlo.

Lo nuevo de la situación que vivimos es que la Constitución propuesta fue escrita por gente como uno. Por eso puedo reconocer en su texto el trazo de mi propia escritura vital, manifestada desde la demanda social callejera que pedía un cambio en la distribución del poder, la que nos fue negada tantas veces. O sea, el texto de nueva Constitución es también una construcción de millones de lectores y lectoras. En cierto modo, una construcción de “lectores de sus propias vidas” que mandataron con claridad a 155 personas creadoras-productoras, de entre 1.400 candidatos, provenientes de múltiples sectores y territorios, con paridad de género y escaños para pueblos indígenas, para que, en un espacio democrático acotado (la Convención Constitucional), redactaran una propuesta en sus plazos, a pesar de los obstáculos instalados. Las normas aprobadas se hicieron por amplias mayorías. Impecable travesía.

De ahí que hayamos visto el enorme interés haciendo largas filas para adquirir con alegría los ejemplares de nueva Constitución. Logro para el fomento lector. Al leer esta propuesta nos hacemos cargo de las demandas previas y también de las imperfecciones y sus posibles reformas. Lectura no es sinónimo de pasividad. Es leyendo con sentido cuando uno se transforma en lector, y no sólo yendo a lo “literal” de las palabras. Desde ahí, desde el deseo de construir un diseño histórico futuro del país, estamos más que habilitados como sujetos históricos para hacer el ejercicio de esta lectura constitucional.

Porque estamos interesados en nuestros derechos políticos, y en cómo se va a distribuir el poder, es que leemos la Constitución nueva. Podemos distinguir entre una habilidad lectora erudita reservada a los juristas expertos e intelectuales y una actividad lectora extendida al conjunto de la población, que se interroga y verifica sus sentidos. El plebiscito de 4 de septiembre unifica esos dos actos en un proceso creativo: lo que fue escrito y la experiencia de leer. Permite una pluralidad indefinida de significados posibles, los que van a ir tomando sentidos más propios con el correr del tiempo. Es lo que pasa con la historia de las constituciones políticas y de los libros.

Entonces, una lectura masiva y plural es precisamente un compromiso y una señal de transformación cultural. Una manifestación libre, de deliberación popular, pública o silenciosa, jurídica o poética, de familias o comensales, en cafés reales o virtuales, en plazas, ferias o puertas de las casas. Sea aquí o allá, una experiencia inédita, como gran asamblea ciudadana abocada a realizar una lectura política de un texto y de un país, integrando pasado, presente y futuro.

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Fuero de terror

Cultura de Las Infancias

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