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[Opinión] El gabinete y la política después del ruido

Publicado por: Tiempo 21 | martes 27 de enero de 2026 | Publicado a las: 19:31

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Por: Bastián Suazo Palma. Periodista, Licenciado en Comunicación Social. Magíster en Alta Dirección Pública.

Durante los días posteriores a la presentación del gabinete del Presidente electo José Antonio Kast, la conversación pública se saturó de lecturas inmediatas. Comentarios apresurados, interpretaciones parciales y juicios formulados al ritmo de la inmediatez. Más reacción que análisis. Más ruido que comprensión.

Era previsible. En nuestro país, cada inicio de ciclo suele ser leído como un gesto definitivo y cada nombre como una declaración total. Así reaparecieron los encuadres de siempre, los simbolismos conocidos y las categorías heredadas de otros momentos políticos. Se habló mucho, pero se entendió poco.

Por eso, recién ahora —cuando la ansiedad comunicacional comienza a decantar— es posible hablar del gabinete con mayor perspectiva.

No para insistir en identidades o trayectorias, sino para observar algo más relevante: el cambio de tono que se insinúa tras un ciclo político intensamente discursivo.

Chile no viene saliendo únicamente de un gobierno, sino de una forma específica de ejercer la conducción política. Durante los últimos años, la acción gubernamental privilegió el discurso, el gesto y el símbolo como ejes centrales. Se explicó todo, se interpretó todo, se buscó dotar de significado incluso a aquello que no alcanzaba a transformarse en hechos. En ese proceso, sin embargo, se produjo un desgaste silencioso: la pérdida de densidad de la acción.

No fue el Estado como estructura el que falló, sino la manera en que fue conducido. Porque cuando la política se expresa más en palabras que en decisiones, el Estado corre un riesgo conocido: seguir hablando, pero dejar de ser escuchado.

En ese contexto, el gabinete presentado no se entiende tanto como una señal ideológica, sino como una apuesta por sobriedad. No hubo énfasis en la épica ni en la performatividad. Tampoco una narrativa diseñada para instalar símbolos. Hubo, más bien, una presentación contenida, casi desprovista de gestualidad excesiva. Y eso, en el Chile de hoy, también comunica.

Comunica una intención: desplazar el eje desde la explicación permanente hacia la responsabilidad en la acción, especialmente en un contexto donde la urgencia ya no admite traducciones simbólicas. Desde el gesto hacia la conducción. Desde el relato hacia la ejecución.

En regiones como La Araucanía, esa diferencia no es menor. Aquí, la política se evalúa menos por el relato inicial que por lo que ocurre cuando el acto termina y comienza el tiempo largo del gobierno. El Estado no se mide por su capacidad de nombrar los problemas, sino por su capacidad de mantenerse presente cuando los problemas persisten. La excepcionalidad prolongada, la autoridad intermitente y las decisiones postergadas han sido parte del paisaje durante demasiado tiempo.

Por eso, más que preguntar qué simboliza este gabinete, la pregunta pertinente es otra: si será capaz de sostener una forma distinta de ejercer el poder, incluso cuando no genere aplauso inmediato, incluso cuando la presión invite a volver al lenguaje conocido del gesto y la explicación.

La política chilena ha hablado mucho en los últimos años. Quizás demasiado.
Tal vez este sea el momento —recién ahora, después del ruido— de observar si comienza a hablar menos y a hacer más.

En nuestra región, cuando eso ocurre, no se celebra. Se nota.

Y cuando se nota, la política recupera algo esencial: la capacidad de ordenar, proteger y perdurar sin necesidad de explicarse todo el tiempo.

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