Publicado por: Claudio Nuñez | sábado 31 de enero de 2026 | Publicado a las: 19:59
Por Marco Vásquez, ex concejal por Temuco, académico Ufro
En el debate público chileno, el crecimiento económico ha tendido a ocupar un lugar secundario frente a discusiones coyunturales o redistributivas. Sin embargo, los datos muestran que el principal desafío del país no es transitorio, sino estructural: la dificultad para retomar tasas de crecimiento compatibles con mejoras sostenidas en ingresos, empleo y financiamiento de políticas públicas.
Durante la última década, Chile ha crecido en torno al 2% anual. De acuerdo con estimaciones del Banco Central y la OCDE, el crecimiento tendencial actual se ubica entre 1,8% y 2,2%, muy por debajo del ritmo necesario para converger hacia los niveles de ingreso de las economías desarrolladas. Este desempeño no responde a una falta de empleo o capital, sino a un problema más profundo: la baja productividad.
Según cifras de la OCDE, el PIB por hora trabajada en Chile equivale a cerca del 60% del promedio de los países desarrollados. Además, la productividad total de factores ha mostrado un desempeño prácticamente plano desde comienzos de la década pasada. Como señaló Robert Solow, Premio Nobel de Economía, el crecimiento de largo plazo depende fundamentalmente de la productividad y no solo de la acumulación de factores.
A esta debilidad se suma una inversión insuficiente. La formación bruta de capital fijo se ha ubicado en torno al 20%–22% del PIB, un nivel que resulta bajo para acelerar el crecimiento potencial. Economías que han logrado saltos significativos de desarrollo han sostenido tasas de inversión más elevadas, acompañadas de mejoras en capital humano e innovación.
En este ámbito, el rezago chileno es evidente. El gasto en investigación y desarrollo alcanza apenas entre 0,36% y 0,4% del PIB, muy por debajo del promedio OCDE cercano al 1,8%. Paul Romer, Nobel de Economía en 2018, destacó que las ideas, la innovación y los incentivos correctos son el motor del crecimiento sostenido, una lección especialmente relevante para Chile.
El debate tributario debe enmarcarse en esta realidad. Más que centrarse exclusivamente en subir o bajar impuestos, la discusión debiera considerar cómo el sistema tributario afecta los incentivos a la inversión, la reinversión de utilidades y la innovación. Sistemas mal diseñados pueden frenar el crecimiento y, paradójicamente, debilitar la base fiscal en el mediano plazo.
El crecimiento económico no es un objetivo ideológico, sino una condición necesaria para sostener políticas públicas y mejorar el bienestar. Persistir en tasas cercanas al 2% implica aceptar un estancamiento relativo. Recuperar una agenda de crecimiento, basada en inversión, productividad e innovación, es hoy una necesidad económica y una responsabilidad política de largo plazo.