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Académico U. de Chile advierte riesgos en uso de fármacos para tratar obesidad

Publicado por: Claudio Nuñez | miércoles 4 de marzo de 2026 | Publicado a las: 09:52

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El profesor Jaime Riquelme Meléndez, académico del Departamento de Química Farmacológica y Toxicológica de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas de la Universidad de Chile, explica que estos fármacos representan un avance relevante desde el punto de vista terapéutico. “Son medicamentos muy eficaces y su impacto ha sido significativo. Más allá de la responsabilidad personal que sin duda existe, también hay un contexto social que empuja permanentemente a una alimentación inadecuada y, muchas veces, descontrolada”, señala.

Sin embargo, es enfático en aclarar que su aproximación al tema no es la de un especialista clínico en obesidad, sino la de un académico que observa el fenómeno desde la docencia, la formación científica y el interés personal por un problema de salud que atraviesa a una parte importante de la población.

Para Riquelme, la obesidad debe entenderse como una enfermedad, ya que existe una disfunción fisiológica clara. “El tejido adiposo en la obesidad no es pasivo: desarrolla un estado de inflamación crónica de bajo grado, liberando citoquinas proinflamatorias que favorecen el desarrollo de otras enfermedades crónicas. Por eso la obesidad es un factor de riesgo tan importante”, explica.

No obstante, reconoce que existen distintas corrientes de pensamiento. Algunas evitan definir la obesidad como enfermedad por temor a que ello reduzca la responsabilidad individual sobre los hábitos de vida. Para el académico, este argumento es poco consistente. “Podríamos decir lo mismo de la hipertensión arterial; muchas personas no la tendrían si cuidaran mejor su alimentación -ya que esta es un factor de riesgo clave- y aun así nadie duda de que es una enfermedad”, ejemplifica.

Pero el debate no termina ahí, puesto que este tópico no puede desligarse del contexto social y cultural. A modo de ejemplo, recuerda cómo prácticas hoy ampliamente rechazadas fueron en su momento normalizadas.

“Hubo una época en que la publicidad para promover el consumo de tabaco podía incluso considerar la recomendación de un ‘médico’ para fumar, hasta para controlar el apetito. Hoy eso nos parece impensable”, señala. La transformación cultural en torno al tabaco, impulsada por campañas de salud pública, regulación y aumento de precios, demuestra que los comportamientos individuales están fuertemente condicionados por el entorno.

“Si fuera solo voluntad, no tendríamos estas cifras”
Datos de la Encuesta Nacional de Salud (ENS) refuerzan esta mirada. Aplicada periódicamente (2003-2004, 2009-2010 y 2016-2017), permite observar la evolución de factores de riesgo en la población chilena. “Es un documento clave para entender cómo estamos como país y lamentablemente el diagnóstico no es bueno”, afirma Riquelme. El consumo de tabaco, alcohol, el sedentarismo y la baja ingesta de frutas y verduras siguen siendo altamente prevalentes en Chile.

En particular, cerca del 70% de las personas presenta sobrepeso u obesidad, con una tendencia al alza que probablemente se ha acentuado en los últimos años. “Si tomáramos una fotografía hoy, lo más probable es que estos números sean aún mayores”, advierte el académico. A ello se suma el aumento de patologías asociadas, como hipertensión arterial y diabetes, condiciones que se potencian entre sí.

El académico, quien lidera el Laboratorio de Farmacoterapia Cardiovascular, explica que la obesidad y la hipertensión son factores de riesgo clave para una forma de insuficiencia cardíaca en aumento: la insuficiencia cardíaca con fracción de eyección preservada. “Mientras la insuficiencia cardíaca postinfarto ha disminuido gracias a los avances médicos, esta otra forma, asociada al estilo de vida, está creciendo”, señala.

“La obesidad no es solo un tema de salud física. Hay culpa, ansiedad, problemas de autoestima y una presión social constante”, reflexiona. Reconoce que muchas personas comen por ansiedad o estrés y que existe una influencia genética clara en su desarrollo. “Si fuera solo voluntad, no tendríamos estas cifras”, afirma.

Obesidad, diabetes y el rol de la insulina
Desde el punto de vista fisiológico, la relación entre obesidad y diabetes tipo II es evidente. En personas sanas, tras ingerir glucosa, la glicemia aumenta y luego desciende gracias a la acción de la insulina. En diabetes tipo I, la insulina no se produce; en tipo II, existe resistencia a su acción.

En personas con obesidad, el sistema se ve particularmente exigido. “El páncreas trabaja en sobrecarga, produciendo grandes cantidades de insulina para compensar la resistencia”, explica el profesor. Este fenómeno permitió comprender el llamado “efecto incretina”.

Cuando la glucosa se administra por vía oral, la secreción de insulina es mayor que cuando se administra por vía intravenosa. Esto llevó a identificar el glucagon-like peptide 1 (GLP-1), hormona intestinal liberada tras la ingesta de alimentos y capaz de estimular la secreción de insulina desde el páncreas.

El surgimiento de los análogos de GLP-1
El GLP-1 natural tiene una vida media extremadamente corta, ya que es degradado por la enzima dipeptidil peptidasa 4 (DPP-4). A partir de este hallazgo se desarrollaron análogos resistentes a su degradación, hoy utilizados ampliamente.

Estos fármacos aumentan la secreción de insulina, mejoran el metabolismo de la glucosa y reducen el apetito, generando una potente señal de saciedad a nivel cerebral. “No es que a la persona simplemente ‘no le den ganas de comer’. Se genera una señal muy potente de saciedad a nivel cerebral”, precisa Riquelme.

Accesibilidad, costo y uso responsable
En Chile, estos tratamientos pueden alcanzar costos cercanos a los 200 mil pesos mensuales, lo que genera una brecha de acceso evidente. Además, estudios muestran que al suspender el tratamiento el peso perdido tiende a recuperarse, lo que refuerza que no se trata de soluciones definitivas.

Ensayos clínicos han demostrado reducciones significativas tanto en hemoglobina glicosilada como en peso corporal. Fármacos como semaglutida —comercializada bajo nombres como Ozempic— y tirzepatida han mostrado pérdidas de peso cercanas al 15–20%. “Estamos hablando de reducciones que no son marginales. Una persona de 100 kilos puede bajar alrededor de 20 kilos”, indica.

Sin embargo, existen efectos adversos frecuentes como náuseas y vómitos, además del riesgo de pancreatitis y pérdida de masa muscular. “El mayor problema es la automedicación. No hay ningún fármaco que no sea potencialmente tóxico si se usa mal”, advierte.

No existe una receta única
Estudios recientes publicados en The New England Journal of Medicine han mostrado que la semaglutida reduce de forma significativa la mortalidad cardiovascular y la incidencia de infarto y accidente cerebrovascular no fatal en personas con obesidad y antecedentes cardiovasculares. No obstante, el profesor enfatiza que estos medicamentos deben utilizarse con criterio clínico y acompañamiento profesional.

“Reducir todo a una pastilla milagrosa o, por el contrario, a una simple ‘falta de voluntad’, es una simplificación injusta”, expresa.

Para el profesor Jaime Riquelme, el mensaje final es claro: no existe una receta única. “La obesidad es un problema complejo, atravesado por factores biológicos, psicológicos, sociales y económicos. El tratamiento farmacológico puede ser una herramienta muy potente, pero solo cuando está bien indicado bajo supervisión médica y siempre acompañado de cambios en el estilo de vida y apoyo del entorno social”, concluye.

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