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[Opinión] Cable Chile-China: Última improvisación de Boric

Publicado por: Tiempo 21 | miércoles 4 de marzo de 2026 | Publicado a las: 11:15

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Por: Stephan Shubert Rubio, Diputado republicano por el Distrito 23 – La Araucanía.

La polémica del cable “Chile–China Express” ha sido presentada por algunos, con entusiasmo moralista antimperialista, como una prueba de fuego entre “colonia” y “República”. Cuando la política exterior se concibe con cándido idealismo, antes que como estrategia en momentos de tensión geopolítica, terminamos molestos y confundidos.

La revocación de visas anunciada por Washington contra tres autoridades chilenas, en medio de la controversia por el cable y la forma en que el Gobierno tramitó el vínculo con actores chinos, ha sido leída por algunos como “matonaje” imperial. Y, seamos claros, nadie sensato debiera aplaudir que una potencia sancione a funcionarios de la República para forzar una decisión interna: ese tipo de presión, así planteada, es impropia entre socios. Pero el punto de fondo es otro. El problema es que el Gobierno de Gabriel Boric llegó a este choque con la peor combinación posible: ingenuidad estratégica, opacidad política y una Cancillería que, por largos tramos, confundió el interés permanente del Estado con la señalización ideológica hacia su propia base.

Un cable submarino no es un puente peatonal ni una licitación de luminarias. Es infraestructura por donde circula buena parte del tráfico digital del país y, en la práctica, un componente del sistema nervioso de la economía moderna. Si el Ejecutivo decide abrir la puerta a un actor chino en un proyecto de esa magnitud, lo mínimo exigible era anticipar el choque geopolítico con Estados Unidos, levantar estándares, abrir debate técnico serio, blindar gobernanza de datos y construir un consenso mínimo interno. No para agradar a Estados Unidos, sino para que Chile decida con información, reglas y fortaleza institucional. En vez de eso, el país terminó con una polémica internacional encima, con el intercambio de información en el aire y con una sensación de amateurismo diplomático. El propio embajador estadounidense en Santiago sostuvo que era “irrisorio” que el Gobierno dijera estar sorprendido, afirmando que llevaba meses transmitiendo preocupaciones.

La reacción de la izquierda, sin embargo, elige la comodidad del relato. El conflicto se vuelve una fábula de dignidad nacional contra virreyes, y el detalle estratégico se borra. Esa es la trampa del buenísmo, creer que la política exterior es un examen de virtudes, donde basta con indignarse correctamente para tener razón. Tal como Boric lo hizo un par de veces, “tocándole la oreja” a Trump con declaraciones rimbombantes. El mundo real no funciona así. El realismo en política internacional, comprende que cuando una potencia advierte riesgos en telecomunicaciones, te está diciendo que evaluará cooperación, flujos de inteligencia, acuerdos sensibles y confianza tecnológica. Guste o no, esa es la moneda de cambio que se mueve en la diplomacia. El Gobierno de Boric no solo no lo anticipó. Pareció no entender la escena hasta que le explotó en la cara.

Y aquí aparece la ironía mayor, la palabra “colonia” se usa para denunciar presiones externas, mientras se omite la colonización más efectiva y persistente, la colonización de la política exterior por una identidad de “lote”. Durante esta administración, la Cancillería elevó como sellos explícitos la Política Exterior Feminista y la llamada Política Exterior Turquesa. No es una caricatura de adversarios, está en documentos oficiales del propio Estado. Nadie discute que la mujer y el clima importen. Lo discutible es convertir esos ejes en marca moral y estética del gobierno, al punto de que la política exterior deje de sonar a Chile y empiece a sonar a tribu, tal como lo hizo el gobierno frenteamplista.

El resultado ha sido una diplomacia segmentada, identitaria, a ratos más preocupada de hablarle a su coalición y a la comunidad de activismo global que de administrar el poder en serio. Boric lo mostró cuando transformó tribunas internacionales en escenarios de pedagogía ideológica dirigida a su electorado simbólico. En la ONU, por ejemplo, llamó a levantar sanciones de Estados Unidos contra Cuba y pidió lo sacaran de la lista de países patrocinadores del terrorismo. Eso puede gustar en el progresismo latinoamericano, pero no es un gesto inocuo. Es posicionamiento. Es escoger bandos discursivos. Es hablarle a “los propios”.

Lo mismo ocurrió cuando, desde India, Boric decidió calificar a Donald Trump como alguien que “pareciera pretender ser un nuevo emperador”. Da titulares, sí. Pero la política exterior no se hace para titular. Se hace para proteger márgenes de maniobra. Un jefe de Estado puede tener convicciones y aun así comprender que la prudencia es una herramienta, no una cobardía. Boric eligió la frase. Y cuando más tarde hubo que gestionar tensiones reales con Washington, la cuenta llegó sin anestesia. Mucha demostración poética, pero poca arquitectura estratégica. Mucho gesto, poca preparación del costo.

Por eso el caso del cable China-Chile no es un accidente. Es coherente con una forma de gobernar la política exterior. Cuando Matamala pregunta si Chile será “colonia” por resistir a Washington, omite que Boric ya practicó un tipo de dependencia, la dependencia del aplauso ideológico, del símbolo, del mensaje para la galería propia. Esa es una colonización más silenciosa que la presión extranjera, porque se disfraza de principios y se vende como superioridad moral. Y, en la práctica, te deja más débil, porque te fragmenta por dentro.

Lo más revelador del episodio es que el Gobierno, que acusa intromisión, no construyó la única defensa efectiva frente a la intromisión, un Estado que decide con reglas claras, transparencia y fortaleza institucional. Si el proyecto era tan beneficioso, debió presentarse con un diseño de seguridad soberano que hiciera innecesaria la teatralidad. Si el proyecto era riesgoso, debió frenarse con argumentos técnicos antes de que Washington lo frenara a empujones. En ambos casos, la falla es política. Y esa falla tiene nombre, falta de realismo en política internacional.

Es verdad, Chile no debe decidir por órdenes de Estados Unidos ni por órdenes de China. Pero el problema es que Boric no decidió desde Chile. Decidió demasiadas veces desde su comunidad moral, desde su “lote”, desde una diplomacia que priorizó identidad por sobre interés permanente. Y si algo deja este escándalo es una lección incómoda para el progresismo que se cree dueño de la dignidad nacional. La política exterior que se vuelve consigna termina siendo, siempre, la forma más cara de improvisación a la que nos acostumbró el gobierno saliente.

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